domingo, 6 de septiembre de 2020

De duelos solitarios

 

Sí es normal [sentirse tan cansada]

Y hay que ir poco a poco.

Aceptar que nuestro cuerpo está reparándose,

 hay que darle oportunidad de descansar.

Y reconocerse frágil, débil, vulnerable.

Otras personas no pudieron salir.

Doctora Martha Heredia Ávila

 

De duelos solitarios

 

Y que me da

De leve a moderado pero ya me dio

Sigo en convalecencia, lenta lenta leeenta

Cansancio inaudito

Dolor de cabeza

Ejercicios respiratorios y siestas, muchas siestas

El famosos coronavirus que al instalarse en mi cuerpo adoptó el nombre  de covid-19, que porque no es lo mismo el virus que la enfermedad.

 

Fueron días extraños, en los que pensaba en ti, en contarte lo que pasaba, lo que rumiaba. Pero no te quise alarmar, guardé silencio, y las ideas innovadoras y a veces provocadoras que tenía se perdieron, no recuerdo casi nada.

Recuerdo claro el nombre de la doctora que me atendió, Martha Heredia, ella de un lado del teléfono yo del otro, varias veces al día. Sin conocerme, sin cobrar, sólo estando.

La línea de auxilio de ayuda y de plática del gobierno, mi inscripción en una lista, todos mis datos allá, una de las personas que me contestó llamándome Reina y Mi amor, apapachándome en momentos de pánico.

Un neumólogo, compañero de Martha, explicándome qué hacer, reconfortándome.

 

Recuerdo la sensación que me recorría a cada instante: ser un peligro para los demás. Estar infectada y poder, en un descuido, infectar a otros. Ser la mala del asunto. La fea. La exagerada. Todos eso revuelto y no me digas que no, que no sienta eso, no puedo borrar el escalofrío emocional que me sigue recorriendo aunque hayan pasado 14 días más otros 14 días. Miro mis manos y me siguen pareciendo sospechosas, dañinas.

 

Recuerdo el segundo día, yo viendo noticias y el agua helada de las cubetas de las caricaturas cayéndome encima. Estaba yo en la tele, en las estadísticas, primero como sospechosa, luego como activa, o activo el virus. Y no llegué a los muertos, creo. No he vuelto a ver las noticias, no puedo. Me da terror el momento de la enumeración de casos y eso que ya el oxígeno sólo lo uso por las noches.

 

Admito, me dio miedo la muerte. La mía obvio. Aunque más para mi familia,  tan imprescindible creo que soy.

Sobre todo la soledad de la misma.

Esas familias que no se pueden despedir.

Porque total, el muerto pues ya fue ¿no? Y para él hay de dos sopas nada más: o no hay nada después de la muerte volviendo al sufrimiento efímero, o sí hay, y entonces el sufrimiento se puede olvidar, para abrazar lo que sigue. Se puede, se debe, no sé. Nadie lo sabe. Pero vamos, el muerto ya anda en otra cosa.

Los que se quedan…

No hay mano apretada, adiós papá, lo siento, te quiero, hija, eres el sol de mi vida, tío, cuánto lo quiero no sabe, colega, patrón, qué desgraciado fue usted pero váyase en paz.

No hay rituales, los que sean: cuerpos lavados, cenizas calientes en una urna de madera, siete días en casa recibiendo pésames, rosarios, novenarios en familia, con los amigos, huesos desenterrados cada año para limpiarlos, permanencia del cuerpo, del muerto, del ser amado un año antes de dejarse llorar, mortaja cosida, más cuerpos lavados, cabezas inclinadas, olor a incienso, homenajes con comida que traen los vecinos, velorio en casa, en la funeraria, ataúd de pino esculpido o de caoba y plata.

Sólo vacío.

 

Tenía tanto que decir y  no anoté nada, no podía con mi cuerpo y con mi mente a la vez.

Del vacío que pude haber sentido me salvaron mis hijos, el mareado, los desayunos que me subían, el agua por las noches, las cabezas asomadas en el quicio de mi puerta. Me salvaron mis hermanos, mi mamá, llamadas, mensajes. Del olor a alcohol que me seguía siempre que iba al baño, me llenaba las manos del líquido preciado, la manija de la puerta, la llave del agua, la palanca del excusado, alcohol, éter conteniendo bichos, virus que no sé si se pueda aislar como una bacteria, imaginaba perdida en ese olor que al virus lo tomaba con pinzas y lo echaba fuera, y que él caía, caía, desparecía, y entonces mi mente era la que me salvaba del perfume nuevo de mi cuerpo. De la soledad que llegué a sentir me salvó la discreción de algunas amigas, al pendiente pero no invasivas, disculpándose por no pedir noticias más seguido y justamente haciendo lo que yo necesitaba, estar sin estar.

Del miedo a ese vacío que te dije, del de la familia sola sola sola después de una muerte, ni yo me pude salvar.

 

Tanto que sentí, tanto que quería decir, y nada, casi, que recordar.

Gwenn-Aëlle

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